Presentación

La Orden Cisterciense nació en 1098, con tres varones bien decididos por cierto y santos: Roberto, Alberico y Esteban. Eran monjes Benedictinos que salieron del monasterio de Molesmes en Francia, y se encaminaron gozosos a un valle desértico llamado Citeaux, que en castellano se pronuncia Cister, con el único deseo de vivir la sencillez monacal, tal como la presenta San Benito de Nursia (Italia) en su Regla, sin interpretaciones acomodaticias.

Podemos hablar de una nueva familia monástica, porque la reforma cisterciense, brotó con verdadera pujanza del viejo tronco benedictino en el siglo XII, y dicha reforma, se extendió por toda Europa gracias a la presencia de San Bernardo de Claraval.

En 1584, fue fundado en Lima (Perú) el primer monasterio Cisterciense femenino, fuera de Europa.

Durante más de tres siglos y medio floreció mucho, llegando a albergar según cuenta la historia, al rededor de 300 monjas.

Pero dentro del misterio de Dios, en quien nos movemos y existimos, en 1960, cuando sólo quedaba un reducido número de monjas mayores, estas fueron fusionadas con las Religiosas Franciscanas de la Inmaculada Concepción, no sin un profundo dolor.

El día 29 de diciembre del año de gracia 1992, re-nace o resucita El Cister en el Perú, con la llegada de tres monjas enviadas del monasterio Cisterciense de Santa María la Real “Las Huelgas” ubicado en Burgos España.

Fueron muy bien acogidas por el Azobispo de Lima, en la persona del entonces Cardenal Augusto Vargas Alzamora, S.I.

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